Martín entró en el bar con un maletín enorme de color negro lacado. Tenía bigote de morsa, la cara enrojecida continuamente y los ojos entrecerrados como si siempre estuviera esperando la señal para arremeter contra algo o alguien.
Ese día llevaba puesto un abrigo verde con cuello de pana y una boina a juego con ribetes de color marrón.
Posó la boina en la barra y pidió al camarero una pinta de vino mientras se giraba para averiguar si había alguien que pudiera aguantar sus quejas un rato. Porque Martín era así. Empezaba conversaciones sobre cualquier tema con el fin de acabar discutiendo con alguien y dejarle a la altura del betún.
Mientras, Tino, el camarero, le servía su pinta de vino en vaso de sidra, Martín posó su mirada en Adolfo, un hombre extremadamente delgado que siempre estaba fumando y jugando al mus.
-¿Cómo va Adolfo?
-Aquí Martín, como siempre.
-¿Tienes pensado votar esta vez?
-Habrá que… No sé, la verdad es que no lo sé.
-Ahora las encuestas están a tu favor. Dicen que esos fachas hijos de puta van a ganar esta vez.
-No empieces Martín que no tengo ganas de mambo.
-Eres tú el que se da por aludido. Yo sólo digo lo que hay. La culpa es de los putos socialistas, que tienen la mejor baza y no la saben jugar, joder.
-¿Cuál es esa mejor baza? No me dirás que las ideas de izquierdas, porque en este país eso se perdió hace mucho tiempo. Ahora lo que hay es un circo y en realidad han conseguido algo que querían desde hace mucho, que el que no los vota a ellos sea automáticamente considerado un facha de mierda. En este país no se puede pensar diferente.
-¿Cómo que no? ¿Te digo yo algo por esas ideas retrógradas que tienes sobre el aborto? Y otra cosa te voy a decir, eso sí que es de fachas. De fachas de mierda.
-Que sí Martín, que lo que tu digas.
-¿Qué dices del aborto tú Salva? – dijo Martín girándose hacia otro de los jugadores de mus que había en la mesa.
-Yo sólo pido que no me cierren el bar, Martín. Eso y que mi hijo acabe la universidad.
-Lo de la universidad es otro tema. Tanto paripé y tanta educación para que luego nos salgan todos mileuristas. Tiene cojones. Gente que soluciona la vida presentándose a la 34 edición de Gran hermano y otros trabajando toda su vida para morirse debiendo una hipoteca al banco.
-Ahí te doy la razón, Martín- dijo Adolfo asintiendo con las cejas arqueadas.
-Y tú no te quedas corto, Adolfo. Parece mentira que tu padre fuese un minero sindicalista y que tú estés trabajando en una fábrica de mierda, en un turno de mierda y por un sueldo de mierda y todavía votes a la derecha. El partido de los ricos, hostia. Uno tiene que ser coherente con su condición. Si somos obreros, somos socialistas, me cago en ros.
-¿Y tú me lo dices? ¿En serio sigues pensando que eres socialista y que estás votando a un partido que te representa? Anda Martín, que aquí ya tenemos todos mucha letra. A todo el mundo se compra, hasta a esos sindicalistas, que hacen que mojes los calzoncillos cuando salen con sus fantásticos lemas. Pura propaganda. ¡Qué bien queda ser de izquierdas! ¡Qué bien queda tener al Che por todas partes y decir “¡viva la libertad!”
¡Qué bien queda cagarse en Franco! Hombre por favor, la libertad no se defiende así Martín, la libertad se defiende tolerando, respetando la libertad de los demás.
Tanta democracia y tanta historia que defendéis y no sois capaces de soportar que se os critique o que no se esté de acuerdo con vosotros. Me río yo de vuestra democracia.
Martín se quedó mirando para Adolfo con un gesto de incredulidad total.
No concebía que alguien pudiese ser tan tonto y cabezota.
Echó un trago a su pinta de vino y anunció:
-En fin, me voy a mi casa que es la hora de comer y no tengo el cuerpo para discutir contigo más, Adolfo.
Dejó un billete de 5 euros sobre la barra y cogió su boina. Cuando ya abría la puerta para salir Adolfo le gritó:
-¡Martín, que te dejas el dichoso maletín! ¿Qué llevas ahí que no te separas de él ningún domingo?
Martín soltó la puerta y volvió a recogerlo mientras contestaba a Adolfo.
-Llevo la escopeta de caza, tú. Hoy me encabroné que dio gusto porque estos ecologistas de mierda ya están tocando los cojones. Quieren convertir el bosque donde voy en parte de una reserva. ¡Pse! Como si unos putos pájaros y unas lombrices fueran a cambiar el mundo por seguir vivos. Me cago en todos ellos, igual que me cago en los putos chinos, que no entienden lo que les digo y no me venden más que mierda.